Archivos de la categoría ‘Colegas filosóficos’

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Cambiando

14 Marzo, 2007

Tengo un colega que se aburrió de la vida que llevaba. No fue algo de lo que se diera cuenta de un día para otro, aunque sí lo fue la solución que finalmente llevó a cabo. Quería cambiar, tener una nueva vida, pero no le apetecía tener que empezar de cero. Recuerdo que me decía que si tienes claro a dónde quieres ir, si sabes seguro que ese es el lugar donde quieres estar, entonces el hecho de andar el camino que te separa es una pérdida de tiempo, ya que el itinerario recorrido puede acabar por desvirtuar el destino en sí, y por lo tanto, contaminar la esperada sensación de felicidad que provoca simplemente el estar.

Y fue así como cambió de vida, sin la necesidad de recorrer ningún camino, y esta vez sí que fue de un día para otro. Simplemente buscó a alguien en su misma situación y decidieron intercambiar sus vidas para siempre. Ahora mi colega es un mucho más bajito que antes y tiene el pelo más claro.

Pasaron los días y nos fuimos olvidando del aspecto anterior de mi colega, pero es lógico porque en realidad sigue siendo el mismo de siempre. Le encanta la cerveza y la música en directo, cierra los ojos cuando su equipo de fútbol lanza un penalty, repite los mismos chistes viejos con esa gracia que sólo él tiene y cuando nos ponemos melancólicos no paramos de recordar las historias del instituto. Incluso recuerdo el momento en el que, junto con su novia de toda la vida, nos anunció que se iban a casar después de un casi un año de preparativos. Y yo la verdad es que me alegro un montón por ellos porque siempre se han querido mucho y es que están hechos el uno para el otro.

Aunque me da la sensación que últimamente el tedio se está apoderando de la gente que me rodea. Debe ser porque estos últimos meses he presenciado muchos intercambios tanto de amigos como de familiares. Me sorprendo mirando fotos antiguas cuando me doy cuenta de que soy el único que sigue con la misma cara de siempre. No es que eche de menos a los que se van porque en realidad no se van, simplemente cambian de envase, y ya soy lo bastante mayorcito como para entender que lo que importa no son precisamente las apariencias. Mi mejor amigo ya se  ha intercambiado más de cuatro veces en el tiempo que nos conocemos y a mí me da igual porque sigo pudiéndole confiar cualquier secreto. Me conoce mejor que nadie y tengo la certeza absoulta de que nunca contará mis cosas a nadie más.

El problema es que me estoy empezando a aburrir. Ayer mismo discutí con mis colegas, les eché en cara que después de tanto tiempo juntos ninguno de ellos haya evolucionado, que hayan sido siempre sido igual, y aunque sé que la amistad siempre ha sido muy fuerte entre nosotros de vez en cuando es bueno abrirse a nuevas experiencias, porque las cosas saben mejor cuando las pruebas en la compañía de la gente que quieres. Pero es inútil, ellos no me entienden, ahora sé que nunca van a cambiar y que seguirán haciendo las mismas cosas porque es lo que han hecho siempre. Éste ya no es mi sitio, hoy mismo cambiaré de vida, y quién sabe, quizá tenga algún nuevo amigo que me recuerde a alguien de vidas pasadas.

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La cruzada contra el refrán

28 Febrero, 2007

Tengo un colega que tiene una cruzada en contra de la sabiduría del refranero español. Pone en duda la veracidad del contenido de cada refrán que lo compone y se ha propuesto empezar una campaña para desacreditar cada uno de ellos. De hecho es la segunda vez que lo intenta y sabe que si no lo consigue ahora tendrá que esperar dos más, porque no vaya ser que lo intente una tercera vez y sea la vencida.

Ha dejado su trabajo para dedicarse en cuerpo y alma a esta labor. Al principio le costó porque prefería dejar las cosas para mañana en lugar de hoy y se retrasó en su cometido, pero le vino bien empezar tarde en lugar de nunca y asegurarse que entonces la dicha no era tan buena como vaticinan. Además, mañana en realidad no es otro día y como la esperanza se pierde rápidamente supuso que era ridículo ahogarse en ese vaso de agua. Ahora ya se ha decidido y cada día madruga un poco más para ver si acaba amaneciendo más temprano, y así de paso aprovecha para fijarse si Dios le ayuda o no al cabo del día. Pensó en afrontar esta empresa él solo pero prefiere estar mal acompañado y como él mismo se tiene en muy buena consideración ha llamado a su padre por eso de que por fuerza la astilla no ha de parecerse al palo de la que proviene. Cada día se propone hacer el bien pero, eso sí, mirando con quién, y de esta manera, como prefiere que los demás le hagan lo que él no haría con ellos, podría recibir mejor que dar.

Pasó varios días intentando demostrar que era infinitamente mejor cien pájaros volando que uno en la mano. A mí que soy buen entendedor en matemáticas no le bastaron pocas palabras para convencerme de los resultados. Al final me callé, con lo que creyó que no le estaba otorgando, así que optó por no dejar que me uniera a él en su descabellada gesta y por lo tanto ganar así en fuerza. Ya se sabe que hablando no hay quien se entienda y que las apariencias no engañan a nadie, por lo que decidí alejarme de él para no perder nuestra buena amistad, que lo bueno en realidad dura para siempre y desoyendo consejos llegaremos todos a viejos.

Me llegaron rumores que había entrado sin permiso en casa de un herrero para cerciorarse de que todos sus cuchillos eran metálicos, sintiéndose seguro porque no hay constancia de que ningún gato haya acabado muerto por ser demasiado curioso, y aunque la fe no ha movido nunca ninguna montaña optó por aplicar la fuerza en lugar de la maña para salir ileso de ahí cuando llegó el herrero, todo por miedo a que acabaran pagando pecadores por justos, y le diera un mal puñetazo que le durara el dolor más de cien años.

Y así pasó el tiempo, que ni es oro ni hay que ponerle buena cara, ya que no acaba curando nada ni todo el que ha pasado es mejor. Me volví a encontrar a mi colega y andaba bastante triste. Nos saludamos. “He tenido que abandonar”. “¿Qué dices, pero si llevabas mucho tiempo y casi lo habías conseguido?”. “Precisamente por eso, porque el que la sigue la consigue”.

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El “pues yo” y el ajedrez

5 Febrero, 2007

Tengo un colega que es un “pues yo”. En realidad ha evolucionado bastante durante el tiempo que lo conozco. Lo ha conseguido tras pasar por las duras fases del “pues yo también” y el “pues a mí más”. Llegar al estado del “pues yo” ha sido una especie de catarsis para él. Mi colega ha conseguido quitarse las cadenas que le tenían anclado a los niveles anteriores y que no le dejaban demostrar su gran talento creativo.

Recuerdo hace unos años que podías tomarte unas birras con él y justo en el instante crucial en el que queda la última aceituna sobre el platito, aquel momento de incertidumbre en el que tienes que ser más listo que tu contertulio para conseguir ese bien preciado (una tapa es en realidad un tablero de ajedrez), entonces sacarte un as de la manga y soltarle con toda la naturalidad “esta mañana me han metido una patada en los huevos”. Una maniobra que roza la perfección, con mi colega noqueado y asimilando tamaña gilipollez resulta impensable el poder perder aquella batalla. Nada más lejos de la realidad. Su contraataque magistral, “pues a mí también esta mañana me han metido una patada en los huevos”. Por mi parte, cara de asombro y rabia contenida mientras él se comía merecidamente la última aceituna.

Pero todo el mundo cambia y él no iba a ser una excepción. Años después compartiendo unas bravas con alioli con él (cambiamos el ajedrez de viaje por uno más grande) me di cuenta de que había llegado mucho más lejos. Segunda final en poco tiempo, rememorando a los ya míticos enfrentamientos entre Karpov y Kasparov. Volví a repetir jugada ante el previsible desenlace. Con una suave proyección del alioli sobre él y optando por un doble ataque por descubierta moví mi ficha, “esta mañana me han metido dos patadas en los huevos, cada una perfectamente repartida entre el huevo izquierdo y el derecho, una magnánima obra de sincronización”. Y así me quedé a la espera de que lanzara su tenedor-rey sobre la mesa y poder proclamar mi deseada victoria. De nuevo le subestimé. “Pues a mí más, esta mañana me han metido una doble patada giratoria en los huevos. Mientras que con la siniestra recibía una estocada de izquierda a derecha y mis huevos rotaban en el sentido contrario de las agujas del reloj, otra patada exactamente de igual intensidad me llegó esta vez desde el ala derecha compensando el primer impacto, deshaciendo el nudo causado por éste y rotando esta vez mis nobles atributos de derecha a izquierda, devolviéndolos a su posición original”. La partida de nuevo suya, y mi rabia doblemente contenida mientras volvía a coronarse por segunda vez consecutiva.

La frustración me fue carcomiendo hasta el punto que pensé en abandonar del noble arte del tapeo. Pero quise una última oportunidad, un doble o nada, la partida definitiva, la que había de recordarse durante generaciones, de la que se compondrían épicas poesías transmitidas más allá de los confines del tiempo y la distancia por trovadores y juglares. El tablero debía ser acorde con lo que aquella tarde estaba en juego. Un tapa de pulpo a la gallega. Sin duda, el mejor escenario. Y ahi estábamos los dos frente a frente. Yo empecé fuerte en mi apertura y opté por un ataque Larsen mientras que él ofreció todo su potencial al decantarse por la variante holandesa de la apertura Bird. Toda la carne en el asador, sabiamos lo que no estábamos jugando y ninguno de los dos pensaba en permitir al otro llevarse el gato al agua.

Y por tercera y última vez llegamos al terrible final. Sólo podía quedar uno. Por tercera vez y última vez yo jugaba con blancas y tenía una situación de ventaja para lanzar mi jugada maestra. “Esta mañana una tía que medía metro y medio se ha lanzado hacia mí previa preparación en posición de la grulla, volando con su pierna derecha formando un ángulo perfecto de noventa grados con la perpendicular del suelo desde una distancia que sobrepasaba los cinco metros, con su pie ligeramente elevado cortando el aire, y aprovechando el efecto sorpresa ha realizado una maniobra magistral de coordinación entre su cuerpo y su mente, atacandóme finalmente a pie cambiado sobre el punto en el que interseccionan las medianas definidas por el triángulo que conforman mi huevo izquierdo, mi huevo derecho y mi cimbrel matutino, vamos, lo que viene a ser el baricentro genital”. Se hizo el silencio. Ahora sí, se vislumbraba que aquél último trozo de pulpo tenía un dueño legítimo. Nada podía fallar. Mi confinamiento durante años preparando aquella contienda iba a tener su merecido fruto. Pero de nuevo volví a infravalorar a mi rival, que ya me había demostrado en encuentros anteriores que había alcanzado con honores el nivel de gran maestro. “Pues yo qué quieres que te diga, con las patadas que últimamente te han metido en los huevos por la mañana tendrías que pensar seriamente en llevar una coquilla para que no sufrieras daños irreparables”. “Joder macho, qué sabio eres”. Y así por tercera y última vez volvió a alzarse con lo que le pertenecía por derecho divino. El último bocado. Jaque mate.