Archivos de la categoría ‘Colegas colgaos’

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Todas las letras

24 Abril, 2007

Tengo un colega que todos los días se levanta, piensa en una letra y la dibuja mentalmente sobre el mapa de metro que tiene en la pared de su habitación. Poco a poco va modelando esa letra en su cabeza con una caligrafía imposible que le obliga a usar como trazos las diversas líneas de colores del mapa y sus intersecciones como vértices. Pero al final siempre lo consigue y esa letra que ha perdido su forma original también se ha convertido en algo más, ahora es un itinerario subterráneo bajo la ciudad en la que vive. No le hace falta más, recordará de memoria el trayecto para completar el trazo completo de su letra, dónde empezar, cuántas paradas recorrer, cuántos transbordos hacer, y sobre todo, dónde acabar.

Eligió el metro porque nadie mira a través de las ventanas, cree que es mucho más cautivador el paisaje que se esconde detrás de cada mirada que la vida irreal que acecha en la oscuridad de cada túnel. Por esta razón siempre suele colocarse de pie, pegando su espalda a alguna puerta que espera que se abra poco y así poder escrutar con tranquilidad todo el interior. Desde el momento en el que se cierran las puertas y hasta que vuelven a abrirse en la siguiente parada no existirá nada más fuera de ese vagón. Sus ojos irán navegando entre todas las personas que habitan ese nuevo mundo, creado para no existir más de un par de minutos. Pero él tiene tiempo de sobra. Ahora su mirada se posa sobre aquella chica que lee un libro con las tapas forradas de colores, y en cuestión de segundos inventará la historia de su vida. Se ha convertido en el único habitante de este efímero universo que sabe que es la tercera vez que esa chica lee el mismo libro, y que comprende por qué cuando pasen los años ella recordará con más claridad la dedicatoria que alguien le escribió en la primera página que la trama de la novela.

En ocasiones crea historias tan cargadas de vida y experiencias que siente envidia por la persona a la que acaba de regalar esa biografía fantástica. En ese momento intenta abstraerse y es toda su mente la que viaja hasta aterrizar sobre ese individuo tan fascinante. Siempre es un instante muy triste, sus miradas se cruzan y siente una lástima inmensa por aquella persona que está de pie junto a la puerta y le mira cansadamente, no lo conoce pero sabe que sin duda debe tener una vida muy vacía. Pero ya no le queda más tiempo. Nueva parada. Gente que sube y gente que baja. Un nuevo mundo de dos minutos. Miles de historias por inventar.

La letra de hoy es caprichosa, le obliga a hacer varios transbordos y a andar sobre largos corredores diseñados para el tránsito de hormigas. Ni el escritor más ágil sería capaz de perfilar apenas dos líneas sobre la vida de los cientos de personas con las que se cruza. Así que estas travesías las hace mirando al suelo, que en realidad es la única manera de fijarse en uno mismo, y solamente en esos momentos deja de pensar en los demás para intentar descubrir cuál es su propia historia. Se pregunta si alguien habrá inventado una vida para él durante ese escaso par de minutos en el que todas las cosas del mundo se vuelven finitas y por lo tanto se prestan a ser contadas. Le gustaría encontrar a esa persona y pedirle que le hablara de sí mismo, que le relatara toda su existencia, toda su propia vida que desconoce. Él entonces escucharía detenidamente, recordando cada una de las vivencias no vividas, y se sentiría feliz por tener finalmente una historia. Siente la necesidad de encontrar a este escritor imaginario, o quizás que éste le encuentre a él porque, quién sabe, es posible que ambos compartan la misma situación, nadie da cuenta de la biografía de los biógrafos.

Pero en pocos segundos ya se encuentra de nuevo esperando, otro metro llegará, el génesis de un nuevo mundo surgiendo directamente desde las profundidades de algún agujero negro. Se abrirán las puertas y el reloj de arena de ese pequeño universo comenzará su cuenta atrás. Unos escasos dos minutos para dar un sentido a todo lo que le rodea. Tiempo de sobra.

En breve terminará de dibujar el último trazo de la letra de hoy. Se bajará en la parada que cierra el círculo del itinerario compuesto en su cabeza a primera hora de la mañana. No le importa en qué punto de la ciudad se encuentre, no tiene ninguna prisa para volver andando hasta su casa. Esa letra recorrida ahora le pertenece, y aunque siente un vacío profundo por no haber encontrado a su propio escribano, no es consciente de que, todos los días sin excepción, está añadiendo una nueva letra a lo que terminará siendo el libro de su vida.

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El lagarto

17 Marzo, 2007

Tengo un colega que se sube por las paredes, literalmente. Cuando se encuentra muy irritado y fuera de control puedes ver como de repente se encarama a la pared más cercana que tenga y se aleja del lugar reptando por ella. El tiempo que tarda en volver suele ser proporcional a la gravedad de la situación y siempre regresa una vez que las aguas vuelven de nuevo a seguir su cauce habitual. El efecto que provoca el verlo enfilado en una pared blanca se asemeja a la imagen que se te graba en la retina al descubrir una salamandra muy vivaracha serpenteando bajo el intenso sol del mediodía.

Un día en el que nada le salía bien en el trabajo se subió de nuevo por las paredes. El hecho de que su oficina no tuviera puertas le permitió ir pasando de pared en pared hasta llegar a una ventana del edificio. La abrió y salió al exterior. El estrés hirviente de la ciudad que veía desde su privilegiada posición le hizo subirse aún más por las paredes y fue subiendo por toda la fachada hasta alcanzar el último piso. Aún seguía muy molesto por todo y no estaba dispuesto a bajar, de manera que continuó reptando por la fachada del edificio contiguo y así, uno a uno, de pared en pared, consiguió llegar al límite de la ciudad.

El edificio en el que ahora se encontraba estaba justo en la frontera y sus dos caras opuestas eran como el día y la noche. Mientras que una de ellas abría sus ojos y sus ventanas a la agitada y contaminada urbe, la otra cara era ciega y sin ventanas, y por lo tanto, incapaz de admirar el maravilloso paisaje que tenía justo enfrente y que hacía enloquecer a los sentidos con esa mezcla de colores y olores aún por descubrir.

Y estando en la cara ciega e impotente del edificio, porque no hay nada peor que el quiere ver y no puede, mi colega se hizo con una caja de pinturas y se dedicó durante horas a pintar ventanas por toda la fachada. Pensó, seguramente, que la gente que no se subía por las paredes como él no podría disfrutar de esa preciosa vista, y se sintió con la responsabilidad de compartir el descubrimiento con todos aquellos que no poseían su maravilloso don.

Fue una vez finalizada su obra cuando se subió al tejado y por fin se puso de pie, esperando a que la gente que habitaba en su interior asomara sus cabezas por entre los ojos que acababa de perfilar. Y cuál fue su asombro cuando vio a sus semejantes que no se subían por las paredes atravesar el fino cristal que hacía de iris de cada una de las ventanas dibujadas y caer al vacío, para que, justo antes de llegar al suelo, se elevaran como se eleva una pluma soplada a ras de tierra y se alejaran volando hacia la belleza de lo desconocido.

La sorpresa de mi colega fue tal que volvió a subirse por las paredes y se fue serpenteando hasta la cara que escrutaba el interior de la ciudad, como si de un niño introvertido se tratara, y allí vió como sus miles de habitantes corrían en masa hacia el edificio donde él se encontraba. De nuevo se escurrió por entre la fachada hasta llegar a la cara que veía por primera vez la luz, y observó como toda la gente que entraba por un lado iba cayendo como lágrimas por los ojos recién abiertos del otro lado, para acabar surfeando entre las infinitas rachas de viento.

Una vez que no quedó nadie en toda la ciudad sufrió un arrebato tan fuerte que le impidió para siempre bajarse de las paredes. Sin embargo, ahora que no hay nadie que le moleste se le puede ver buscando paredes de cal al mediodía, porque según parece por fin ha llegado a experimentar la felicidad y la calma de los lagartos tumbados al sol del verano.

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La “novia” de mi colega

30 Enero, 2007

Tengo un colega que tiene una novia. El problema que tiene es que no sabe cómo referirse a ella cuando sale el tema. Siempre que quiere decir algo de ella a sus colegas o en la administración pública no sabe si llamarla “mi novia”. No le mola y punto, qué quieres. No es que no se quieran, de hecho es algo que realmente me interesa más bien poco, se trata básicamente de un problema de categorización.Porque si hay algo bueno del matrimonio es que la mujer con la que te casas se convierte automáticamente en “tu mujer” (o “tu marido” en el caso contrario). ¿Pero qué pasa cuando no te casas? Porque hay parejas que viven juntas durante años y claro, ponte en ya en la barrera de los cincuenta y dile a alguien que vives con tu novia. Macho, que no tienes quince años. Lo peor de todo es el intervalo de tiempo desde que sabes que te vas a casar hasta que lo haces, si es que finalmente tienes huevos. Porque ya no tienes novia, tienes a una prometida… Vamos apañados, con el rollito “prometidos” de típico culebrón venezolano o de Friends (donde la moraleja básicamente es cómo mola casarse y lo chungo que es fumar).

Hay gente que pasa de todo y se refiere a ella como su pareja, pero vamos a ser serios. A ti te viene alguien y te habla de su pareja y ¿qué piensas? Pues que te está hablando de su pareja de mus o bien es gay. Lo cual hace ganar un punto a la homosexualidad y resta diez a los jugadores de mus (¡envido a chicas! gran frase de este gran juego). Supongo que lo mejor es ser jugador de mus y además gay, porque ahí no tienes ningún tipo de problema. Y si además eres guardia civil pues mejor que mejor. Tres parejas en el mismo momento.

¿Y qué pasa si la llamas “tu compañera”? Pues que seguramente no tengas sexo con ella. Joder tío, ¿en qué mundo vives? Los “compañeros” cuando pasean no se cogen de la mano, van pillados de los hombros porque son compis, que anda que no mola.

Mi colega lo tiene claro, dice que envidia a los nens, este subgénero de personas que tunean los coches (lo guay que es llevar un neón que te ilumine los pedales de tu coche) y que son los mayores beneficiados de los medicamentos genéricos porque así se ahorran más pasta los fines de semana. Los reconocerás rápidamente porque ellos no cantan las letras de las canciones que suenan en las discotecas, ellos las silban. Esta peña cuando se echa novia tiene un amplio vocabulario para referirse a ella, que si mi churri, mi parienta, mi chochito… Así que mi colega se ha decantado por esta opción, porque él sabe que es un sobrao y así le va.

Esta solución a este gran dilema que él solito supo solucionar lo puso en práctica el otro día cuando tuvo que ir a la farmacia a comprar ciertos productos para su churri. Y ahí el tío que se planta en la farmacia y le pide a la dependienta un Vaginesil. Según él, yo le creo que para eso es mi colega, la farmaceútica le miró con una cierta expresión de desconcierto. A lo que le contestó con toda la tranquilidad del mundo, qué pasa, el Vaginesil no es para mí, es para mi chochito. Todo bien clarito, que es lo que cuenta.