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El lagarto

17 Marzo, 2007

Tengo un colega que se sube por las paredes, literalmente. Cuando se encuentra muy irritado y fuera de control puedes ver como de repente se encarama a la pared más cercana que tenga y se aleja del lugar reptando por ella. El tiempo que tarda en volver suele ser proporcional a la gravedad de la situación y siempre regresa una vez que las aguas vuelven de nuevo a seguir su cauce habitual. El efecto que provoca el verlo enfilado en una pared blanca se asemeja a la imagen que se te graba en la retina al descubrir una salamandra muy vivaracha serpenteando bajo el intenso sol del mediodía.

Un día en el que nada le salía bien en el trabajo se subió de nuevo por las paredes. El hecho de que su oficina no tuviera puertas le permitió ir pasando de pared en pared hasta llegar a una ventana del edificio. La abrió y salió al exterior. El estrés hirviente de la ciudad que veía desde su privilegiada posición le hizo subirse aún más por las paredes y fue subiendo por toda la fachada hasta alcanzar el último piso. Aún seguía muy molesto por todo y no estaba dispuesto a bajar, de manera que continuó reptando por la fachada del edificio contiguo y así, uno a uno, de pared en pared, consiguió llegar al límite de la ciudad.

El edificio en el que ahora se encontraba estaba justo en la frontera y sus dos caras opuestas eran como el día y la noche. Mientras que una de ellas abría sus ojos y sus ventanas a la agitada y contaminada urbe, la otra cara era ciega y sin ventanas, y por lo tanto, incapaz de admirar el maravilloso paisaje que tenía justo enfrente y que hacía enloquecer a los sentidos con esa mezcla de colores y olores aún por descubrir.

Y estando en la cara ciega e impotente del edificio, porque no hay nada peor que el quiere ver y no puede, mi colega se hizo con una caja de pinturas y se dedicó durante horas a pintar ventanas por toda la fachada. Pensó, seguramente, que la gente que no se subía por las paredes como él no podría disfrutar de esa preciosa vista, y se sintió con la responsabilidad de compartir el descubrimiento con todos aquellos que no poseían su maravilloso don.

Fue una vez finalizada su obra cuando se subió al tejado y por fin se puso de pie, esperando a que la gente que habitaba en su interior asomara sus cabezas por entre los ojos que acababa de perfilar. Y cuál fue su asombro cuando vio a sus semejantes que no se subían por las paredes atravesar el fino cristal que hacía de iris de cada una de las ventanas dibujadas y caer al vacío, para que, justo antes de llegar al suelo, se elevaran como se eleva una pluma soplada a ras de tierra y se alejaran volando hacia la belleza de lo desconocido.

La sorpresa de mi colega fue tal que volvió a subirse por las paredes y se fue serpenteando hasta la cara que escrutaba el interior de la ciudad, como si de un niño introvertido se tratara, y allí vió como sus miles de habitantes corrían en masa hacia el edificio donde él se encontraba. De nuevo se escurrió por entre la fachada hasta llegar a la cara que veía por primera vez la luz, y observó como toda la gente que entraba por un lado iba cayendo como lágrimas por los ojos recién abiertos del otro lado, para acabar surfeando entre las infinitas rachas de viento.

Una vez que no quedó nadie en toda la ciudad sufrió un arrebato tan fuerte que le impidió para siempre bajarse de las paredes. Sin embargo, ahora que no hay nadie que le moleste se le puede ver buscando paredes de cal al mediodía, porque según parece por fin ha llegado a experimentar la felicidad y la calma de los lagartos tumbados al sol del verano.

2 comentarios

  1. Un cuento muy bonito. Estoy deseando leer el próximo relato para ver si no bajamos el nivel. Un besazo, cariño!


  2. lagarto, lagarto!!



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