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El “pues yo” y el ajedrez

5 Febrero, 2007

Tengo un colega que es un “pues yo”. En realidad ha evolucionado bastante durante el tiempo que lo conozco. Lo ha conseguido tras pasar por las duras fases del “pues yo también” y el “pues a mí más”. Llegar al estado del “pues yo” ha sido una especie de catarsis para él. Mi colega ha conseguido quitarse las cadenas que le tenían anclado a los niveles anteriores y que no le dejaban demostrar su gran talento creativo.

Recuerdo hace unos años que podías tomarte unas birras con él y justo en el instante crucial en el que queda la última aceituna sobre el platito, aquel momento de incertidumbre en el que tienes que ser más listo que tu contertulio para conseguir ese bien preciado (una tapa es en realidad un tablero de ajedrez), entonces sacarte un as de la manga y soltarle con toda la naturalidad “esta mañana me han metido una patada en los huevos”. Una maniobra que roza la perfección, con mi colega noqueado y asimilando tamaña gilipollez resulta impensable el poder perder aquella batalla. Nada más lejos de la realidad. Su contraataque magistral, “pues a mí también esta mañana me han metido una patada en los huevos”. Por mi parte, cara de asombro y rabia contenida mientras él se comía merecidamente la última aceituna.

Pero todo el mundo cambia y él no iba a ser una excepción. Años después compartiendo unas bravas con alioli con él (cambiamos el ajedrez de viaje por uno más grande) me di cuenta de que había llegado mucho más lejos. Segunda final en poco tiempo, rememorando a los ya míticos enfrentamientos entre Karpov y Kasparov. Volví a repetir jugada ante el previsible desenlace. Con una suave proyección del alioli sobre él y optando por un doble ataque por descubierta moví mi ficha, “esta mañana me han metido dos patadas en los huevos, cada una perfectamente repartida entre el huevo izquierdo y el derecho, una magnánima obra de sincronización”. Y así me quedé a la espera de que lanzara su tenedor-rey sobre la mesa y poder proclamar mi deseada victoria. De nuevo le subestimé. “Pues a mí más, esta mañana me han metido una doble patada giratoria en los huevos. Mientras que con la siniestra recibía una estocada de izquierda a derecha y mis huevos rotaban en el sentido contrario de las agujas del reloj, otra patada exactamente de igual intensidad me llegó esta vez desde el ala derecha compensando el primer impacto, deshaciendo el nudo causado por éste y rotando esta vez mis nobles atributos de derecha a izquierda, devolviéndolos a su posición original”. La partida de nuevo suya, y mi rabia doblemente contenida mientras volvía a coronarse por segunda vez consecutiva.

La frustración me fue carcomiendo hasta el punto que pensé en abandonar del noble arte del tapeo. Pero quise una última oportunidad, un doble o nada, la partida definitiva, la que había de recordarse durante generaciones, de la que se compondrían épicas poesías transmitidas más allá de los confines del tiempo y la distancia por trovadores y juglares. El tablero debía ser acorde con lo que aquella tarde estaba en juego. Un tapa de pulpo a la gallega. Sin duda, el mejor escenario. Y ahi estábamos los dos frente a frente. Yo empecé fuerte en mi apertura y opté por un ataque Larsen mientras que él ofreció todo su potencial al decantarse por la variante holandesa de la apertura Bird. Toda la carne en el asador, sabiamos lo que no estábamos jugando y ninguno de los dos pensaba en permitir al otro llevarse el gato al agua.

Y por tercera y última vez llegamos al terrible final. Sólo podía quedar uno. Por tercera vez y última vez yo jugaba con blancas y tenía una situación de ventaja para lanzar mi jugada maestra. “Esta mañana una tía que medía metro y medio se ha lanzado hacia mí previa preparación en posición de la grulla, volando con su pierna derecha formando un ángulo perfecto de noventa grados con la perpendicular del suelo desde una distancia que sobrepasaba los cinco metros, con su pie ligeramente elevado cortando el aire, y aprovechando el efecto sorpresa ha realizado una maniobra magistral de coordinación entre su cuerpo y su mente, atacandóme finalmente a pie cambiado sobre el punto en el que interseccionan las medianas definidas por el triángulo que conforman mi huevo izquierdo, mi huevo derecho y mi cimbrel matutino, vamos, lo que viene a ser el baricentro genital”. Se hizo el silencio. Ahora sí, se vislumbraba que aquél último trozo de pulpo tenía un dueño legítimo. Nada podía fallar. Mi confinamiento durante años preparando aquella contienda iba a tener su merecido fruto. Pero de nuevo volví a infravalorar a mi rival, que ya me había demostrado en encuentros anteriores que había alcanzado con honores el nivel de gran maestro. “Pues yo qué quieres que te diga, con las patadas que últimamente te han metido en los huevos por la mañana tendrías que pensar seriamente en llevar una coquilla para que no sufrieras daños irreparables”. “Joder macho, qué sabio eres”. Y así por tercera y última vez volvió a alzarse con lo que le pertenecía por derecho divino. El último bocado. Jaque mate.

3 comentarios

  1. A mi colega tambien le ha pasado lo mismo esta mañana….

    http://www.lavacpumpers.com/pics/ballgroup75.jpg


  2. Pues yo también. Yo tengo un colega que las patadas me las daba a mi por debajo la mesa. Sí. Y me hacía el “the fuck you”. Y después de la brava me proyectaba eructos el tío.


  3. ¬¬””’

    Esa vena friky! jjajaja



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