Tengo un colega que todos los días se levanta, piensa en una letra y la dibuja mentalmente sobre el mapa de metro que tiene en la pared de su habitación. Poco a poco va modelando esa letra en su cabeza con una caligrafía imposible que le obliga a usar como trazos las diversas líneas de colores del mapa y sus intersecciones como vértices. Pero al final siempre lo consigue y esa letra que ha perdido su forma original también se ha convertido en algo más, ahora es un itinerario subterráneo bajo la ciudad en la que vive. No le hace falta más, recordará de memoria el trayecto para completar el trazo completo de su letra, dónde empezar, cuántas paradas recorrer, cuántos transbordos hacer, y sobre todo, dónde acabar.
Eligió el metro porque nadie mira a través de las ventanas, cree que es mucho más cautivador el paisaje que se esconde detrás de cada mirada que la vida irreal que acecha en la oscuridad de cada túnel. Por esta razón siempre suele colocarse de pie, pegando su espalda a alguna puerta que espera que se abra poco y así poder escrutar con tranquilidad todo el interior. Desde el momento en el que se cierran las puertas y hasta que vuelven a abrirse en la siguiente parada no existirá nada más fuera de ese vagón. Sus ojos irán navegando entre todas las personas que habitan ese nuevo mundo, creado para no existir más de un par de minutos. Pero él tiene tiempo de sobra. Ahora su mirada se posa sobre aquella chica que lee un libro con las tapas forradas de colores, y en cuestión de segundos inventará la historia de su vida. Se ha convertido en el único habitante de este efímero universo que sabe que es la tercera vez que esa chica lee el mismo libro, y que comprende por qué cuando pasen los años ella recordará con más claridad la dedicatoria que alguien le escribió en la primera página que la trama de la novela.
En ocasiones crea historias tan cargadas de vida y experiencias que siente envidia por la persona a la que acaba de regalar esa biografía fantástica. En ese momento intenta abstraerse y es toda su mente la que viaja hasta aterrizar sobre ese individuo tan fascinante. Siempre es un instante muy triste, sus miradas se cruzan y siente una lástima inmensa por aquella persona que está de pie junto a la puerta y le mira cansadamente, no lo conoce pero sabe que sin duda debe tener una vida muy vacía. Pero ya no le queda más tiempo. Nueva parada. Gente que sube y gente que baja. Un nuevo mundo de dos minutos. Miles de historias por inventar.
La letra de hoy es caprichosa, le obliga a hacer varios transbordos y a andar sobre largos corredores diseñados para el tránsito de hormigas. Ni el escritor más ágil sería capaz de perfilar apenas dos líneas sobre la vida de los cientos de personas con las que se cruza. Así que estas travesías las hace mirando al suelo, que en realidad es la única manera de fijarse en uno mismo, y solamente en esos momentos deja de pensar en los demás para intentar descubrir cuál es su propia historia. Se pregunta si alguien habrá inventado una vida para él durante ese escaso par de minutos en el que todas las cosas del mundo se vuelven finitas y por lo tanto se prestan a ser contadas. Le gustaría encontrar a esa persona y pedirle que le hablara de sí mismo, que le relatara toda su existencia, toda su propia vida que desconoce. Él entonces escucharía detenidamente, recordando cada una de las vivencias no vividas, y se sentiría feliz por tener finalmente una historia. Siente la necesidad de encontrar a este escritor imaginario, o quizás que éste le encuentre a él porque, quién sabe, es posible que ambos compartan la misma situación, nadie da cuenta de la biografía de los biógrafos.
Pero en pocos segundos ya se encuentra de nuevo esperando, otro metro llegará, el génesis de un nuevo mundo surgiendo directamente desde las profundidades de algún agujero negro. Se abrirán las puertas y el reloj de arena de ese pequeño universo comenzará su cuenta atrás. Unos escasos dos minutos para dar un sentido a todo lo que le rodea. Tiempo de sobra.
En breve terminará de dibujar el último trazo de la letra de hoy. Se bajará en la parada que cierra el círculo del itinerario compuesto en su cabeza a primera hora de la mañana. No le importa en qué punto de la ciudad se encuentre, no tiene ninguna prisa para volver andando hasta su casa. Esa letra recorrida ahora le pertenece, y aunque siente un vacío profundo por no haber encontrado a su propio escribano, no es consciente de que, todos los días sin excepción, está añadiendo una nueva letra a lo que terminará siendo el libro de su vida.



